9.11.10
Al peruano promedio le cuesta decir que no.
No se trata tanto de una incapacidad oratoria, sino más bien de una anomalía cultural: nos hemos pasado siglos diciendo que sí y asentando con la cabeza cuando en verdad pensamos lo contrario. Un poco por tradición, entonces, obviamos el no, y otro poco nos hacemos los idiotas sin decir que no, nunca no, delante del interlocutor de turno.
Como suele pasar, uno no se da cuenta de sus miserias hasta que otro te las hace notar.
-Joder, tío, nunca dicen que no.
-Sí, pues... digo, no, pues.
Me lo han dicho tres veces en las últimas semanas: tres personas distintas de diferentes nacionalidades. No es casualidad. No decimos que no. Jamás. El que diga que no, no ama a la patria.
Odiamos la confrontación y despreciamos a esa gente que te mira directo a la cara y te dice no. No puedo. No quiero. No debo. No jodas, che.
Y el mozo que no tiene lo que buscas, jamás dirá que no, sino que no te lo trae.
Y el amigo al que le pides un favor nunca dirá no, sino que desaparece unas semanas.
Por supuesto, hermanito.
De todas maneras.
Sí, sí, estoy en camino, llego en cinco minutos.
Ahorita le traigo su berenjena a la parrilla, señor.
Y la maldita berenjena, este último domingo, nunca llegó.